LOS CONEJOS DE LA ISLA DE PORTO SANT0

La Fundación, La Caixa, Barcelona, Jorge Wagensberg
unpublished
128 Núm. 77 MÈTODE m é t o d o w a g e n s b e r g E n la historia de la ciencia existen algunos ejemplos gloriosos de mentes que anticipan grandes teorías científi cas sin que nada de la comprensión vigente de la realidad lo demande, es decir, sin que medie la menor incoherencia entre observación y conocimiento. Einstein propuso la teoría general de la relatividad (1915) sin necesidad aparente para ello. El estímulo para tan grandiosa aventura fue puramente intelectual. Lo que inspiró a
more » ... ue inspiró a Einstein fue sobre todo una cuestión de simetría. Detrás de la relatividad especial (1905) latía la idea de que la física no puede depender de la velocidad de un eventual obser vador, pero, además, existía una incompatibilidad irreconciliable entre el electromagnetismo de Maxwell y la relatividad de Galileo. En cambio ninguna incoherencia teórico-experimental sugería que la relatividad especial debiera ampliarse. Lo que Einstein percibía era, en todo caso, una paradoja interna de la propia teoría. Si la física no depende de la velocidad del observador, ¿por qué no extender también la idea a su aceleración? La física no depende de quien la mire. Es pura estética: la ciencia puede ser falsa, pero no fea. Y esta estética es pura simetría: no existen observadores de privilegio. La noticia de que Arthur Eddington había confi rmado la relatividad de Einstein (1919), midiendo la curvatura de los rayos del sol durante un eclipse, apareció en la portada de los diarios de todo el mundo. Anticipar los detalles de un eclipse partiendo de una hipótesis estética de la materia debió suponer un gozo intelectual sublime para el físico (por mucho que él lo disimulara con coquetería). La evolución por selección natural se inspiró en la observación de miles de casos, pero tampoco existían paradojas que resolver en el pensamiento vigente. Curiosamente, también había, eso sí, una asimetría latente: la posición central de lo humano dentro del reino animal. Y Darwin retira lo humano del centro, como hiciera Einstein con el observador, Freud con el consciente, la revolución francesa con la aristocracia o Marx con la burguesía. Sin embargo no es fácil encontrar al «Eddington» de Darwin. ¿En qué consistiría algo así? Pues bastaría con acreditar una especiación, es decir, la emergencia de una nueva especie. Pero eso es mucho más difícil que documentar un eclipse. Los tiempos de la evolución no son los de una vida humana ni los de toda la historia de la humanidad. Darwin no llegó a disfrutar de su propio «Eddington», aunque lo intentó. Es la poco conocida historia de los conejos de la isla de Porto Santo. Me la cuenta uno de los grandes especialistas en genética de conejos, el profesor Nuno Ferrand, durante las conversaciones destinadas a inspirar el futuro Museo de la Diversidad en la Casa Andresen, en la ciudad portuguesa de Oporto. En su libro Crónica da Ásia, Joao de Barros (1552) cuenta que, durante la travesía, una hembra preñada de conejo doméstico da a luz en su jaula. La tripulación se toma el episodio como una señal de progreso en la tierra prometida y la camada es liberada solemnemente en la pequeña isla de Porto Santo (Madeira). Progreso sí, pero progreso de conejos, porque se multiplicaron tanto y tan rápidamente que a los dos años la población tuvo que abandonar la isla. Ningún cultivo llegaba a cosecha porque la plaga lo devoraba antes. Varios siglos después Darwin tuvo la oportunidad de estudiar dos ejemplares vivos enviados al Zoo de Londres. A Darwin se le debió acelerar el pulso al constatar que eran bastante más pequeños, que tenían hábitos exclusivamente nocturnos, que lucían una pequeña melena, que eran mucho más activos e indomables, que llevaban siglos aislados y, sobre todo, que no se cruzaban con sus ancestros ibéricos. ¿Se había separado ya el conejo isleño del continental? Así lo creyó el célebre biólogo Ernst Haeckel, defensor de Darwin, quien en 1868 describe al primero como una especie nueva y lo hace en honor de otro admirador de Darwin: el Lepus huxleyi. Los estudios genéticos actuales confi rman el enorme interés de este caso como adaptación de una especie a un cambio de entorno, pero también dejan claro que el proceso de especiación, aunque en marcha, aún no se ha acabado de cocinar... Quizá dentro de unos pocos milenios.
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