CREACIÓN LITERARIA

Maricruz José, Araújo Balongo
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M e sacaba de quicio el modo que tenía de mirar me, un modo provocador, insinuante, impropio de una muchachita de su edad y de su clase. De todas maneras no estaba seguro si es que yo le gus taba y de ahí su comportamiento o, por el contrario, que le desagradaba y, con su actitud, intentaba ca chondearse de mí. Lo que sí tuve claro desde el prin cipio es que no le era indiferente porque la que empe zó fue ella. Es verdad que yo la miraba, creo que disimuladamente, desde que llegó al pueblo y
more » ... encontrábamos cuando ella regresaba a casa desde el colegio de las monjas y yo del trabajo, encuentros casi obligados al coincidir ambas salidas en el mis mo horario y vivir ambos en la misma calle. A su llegada, pronto me enteré que era hija de un teniente de la guardia civil, hombre de mediana estatura, regordete, bigote espeso de enhiestas guías y cara de vinagre, agravada por el charolado tricornio negro encasquetado hasta las cejas. La madre, en cambio, me causó buena Impresión nada más verla; rubia, de ojos claros y melena lisa, lucía una media permanente sonrisa que le iluminaba el semblante. Aquel matrimonio, de tan desigual aspecto, sólo te nía esa hija, una criatura de rara belleza en la que destacaban sus ojos verdes y almendrados, unos ojos brillantes y hermosísimos realzados por las curvadas pestañas negras; negro el pelo también, negras la cejas, blanca la piel, estrecha la cintura, insinuadas en el busto las puntas de sus senos, bien proporcio nada, airosa en el andar... Ciertamente, para no an dar con más rodeos, yo estaba locamente enamora do de ella. A mis catorce años cumplidos poco sabía del amor, ese sentimiento, quizá el único, por el que me rece la pena vivir. Recuerdo que tonteé con algunas niñas en mis tiempos del colegio, y luego, cuando me coloqué, con otras compañeras de trabajo, pero no pasaron de inocentes niñerías, cosas de crios. Lo que sentí entonces por aquella jovencita era bien dis tinto y ocurrió nada más verla, fue lo que se conoce como un flechazo certero en pleno corazón de un primerizo; no podía (ni quería) apartarla de mi pensa miento; pensando en ella despertaba y pensando en ella me dormía; hasta en sueños se me aparecía. Lo pensé alguna vez pero no me atrevía a abor darla porque, además de mi timidez, concurría tam bién la d iferen cia social de clases, tan compartimentada y dividida -a ú n lo sigue, pero con me nos rigor-en aquel tiempo y en aquel pueblo (lo que estoy relatando ocurrió en 1951). Sólo a un tontaina como yo -m e reprendía interiormente-se le ocurre enamorarse de la hija de un teniente de la guardia civil nada menos; yo, pobre infeliz, aprendiz de hojalatero desde los 13 años en una fábrica de con servas de pescado de las de entonces, con lo mal que olíamos los trabajadores de aquellas fábricas por mucho que nos laváramos incluso hasta con sosa cáustica rebajada. Lo normal hubiera sido enamorar me de alguna compañera de trabajo de las muchas y muy guapas con las que compartía mal olor, sudores y vestimenta proletaria. Iluso y tonto yo, aspirante al fracaso, con mi camisa azul y el mono de peto del mismo color, siempre adornados con grasientos lamparones. Ocurre, sin embargo -m e decía también-, que en el corazón no se manda, que el corazón tiene ra zones que la razón no entiende. Estos razonamien tos demuestran lo influido que yo estaba por las no velas de amor de María Teresa Sesé, publicadas en la Colección Pueyo y que alquilaba en un kiosco por dos reales. De otra manera no se entiende tanta pro funda cursilería en tan poco caletre como el mío. Pasaban los días y nada, que no era capaz de ni siquiera decirle "que bonitos ojos tienes", el tan manido y lisonjero piropo que tan buen resultado so lía dar en ocasiones propicias. Y mira por dónde la suerte se puso de mi lado de la manera más tonta e Inesperada que podía imaginar. Un día, como a un me tro de encontrarnos, un sonoro estornudo repentino e inevitable agitó mi cuerpo; ocurrió exactamente cuan do estábamos a punto de cruzarnos. Todavía estaba yo con la mano izquierda (soy zocato) colocada entre la nariz y la boca cuando oigo la voz de ella decir: -Jesús, María y José. -Gracias -contesté entre aturdido y descon certado-, muchas gracias. 37
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