Perfiles básicos del bandolerismo morisco valenciano: del desarme a la expulsión (1563-1609)

Jorge Antonio Catalá Sanz, Sergio Urzainqui Sánchez
2009 Revista de Historia Moderna  
JorGe anTonio caTalá sanz y serGio urzainqui sánchez sólo habría sido un componente esencial hasta 1609. Su propia definición del asunto lo pone de manifiesto. El bandolerismo morisco adoptó dos caras: una vinculada al aristocrático, de raigambre medieval, de cuyas rivalidades señoriales y venganzas familiares fue fuerza de choque y brazo armado; la otra ligada al popular, protagonizado por cristianos viejos, con el que, a su entender, compartió «motivaciones, tácticas y módulos», si bien con
more » ... a exasperación creciente «a medida que se quemaban las etapas precedentes a la expulsión» 2 . Basándose en los estudios clásicos de Braudel y Reglà, García Martínez parte, pues, de la premisa de que el bandolerismo no fue un problema privativo del reino, sino característico de los países de la cuenca mediterránea, con una etiología similar, por más que la existencia de la comunidad morisca, su frustrada asimilación, su expulsión y las dificultades de repoblación le imprimieran un sello peculiar en suelo valenciano. Dicho problema se habría difundido en la segunda mitad del Quinientos, cuando la explosión demográfica y el declive simultáneo de las fuerzas económicas trajeron consigo la agravación de la miseria y el empeoramiento del orden público, y no dejó ya de crecer hasta alcanzar su fase más violenta entre los años 1652 y 1668. Si nos ceñimos a la vertiente propiamente morisca del asunto, el apogeo se habría producido entre 1563 y 1609, período en que la población de nuevos convertidos aumentó a un ritmo mucho mayor que la de cristianos viejos, mientras lo hacían también los controles y medidas de restricción que pesaban sobre los primeros hasta su definitivo extrañamiento. Junto con la desconexión entre población y producción, otros factores actuaron como causas concomitantes del bandolerismo (sin distinción de credos), las mismas que Reglà adujera en relación con Cataluña: 3 la connivencia de los estamentos privilegiados, y en especial de la nobleza señorial, con los forajidos, de cuyos servicios se valieron en ocasiones; la falta de medios de la justicia regia, acentuada por la escasa colaboración, cuando no abierta pasividad, de los justicias locales; las limitaciones que imponía el sistema procesal foral, que, a ojos de los virreyes, se tornaban en formidables escudos para los bandidos; y el armamento generalizado del país, sobre todo las armas de fuego cortas -los pedrenyals-, que facilitaban los golpes de los salteadores, para quienes las reiteradas prohibiciones de llevarlas y las cada vez mayores sanciones previstas por su uso eran papel mojado 4 . Esto último también puede hacerse extensivo a los bandoleros moriscos, dada la probada ineficacia del desarme de 1563, de la que pragmáticas como la de 7 de junio de 1586, puesta en ejecución por Aytona, son -y fueron-testimonio conspicuo. Respecto a los focos de origen y las zonas de mayor actividad del bandolerismo morisco, García Martínez afirma que la estructura geopolítica del reino -caracterizada por la abundancia de macizos montañosos donde cobijarse, colindantes con ricas vegas que depredar; su condición de triple territorio fronterizo (con Cataluña, Aragón y 2. Ibídem: pp. 24-25. 3. reGlà, J.: El bandolerisme català del Barroc, Barcelona, 1966, pp. 25-28. 4. García marTínez, S.: Op. cit., pp. 32-38. Perfiles básicos del bandolerismo morisco valenciano: del desarme a la expulsión (1563-1609) Castilla); y la distinta distribución étnica de la población: morisco el interior, cristiano el litoral-, contribuyó a hacer de éste un vivero de bandidos y un escenario idóneo para sus correrías, para, a continuación, enumerar, de sur a norte, los siguientes núcleos de peligrosidad. En primer lugar, «la Marina y las montañas», sobre todo, la Marina Alta (Pego, Benidoleig, El Verger, Xaló) y el Comtat (Benilloba, Cocentaina, Muro de Alcoy), área compacta y abrupta, densamente habitada por nuevos convertidos, desde la que podía accederse con facilidad a la frontera castellana a fin de escapar de la justicia. Este reducto primordial de forajidos moriscos se extendía hacia la llanura litoral de la Huerta de Gandia (Almoines, Palmera, Benieto), otro enclave de delincuencia morisca, aunque de menor intensidad que el anterior. En la franja central del país, donde convergían de forma ejemplar los factores propiciadores del desarrollo del bandidaje, destaca seis comarcas: la Ribera Alta (Cotes, Càrcer, Sumacàrcer) y la Baja (Corbera); la Canal de Navarrés (Anna, Bolbaite); el Valle de Ayora-Cofrentes (Teresa, Zarra); la Hoya de Buñol (Buñol, Cheste); y el Camp de Túria (Benisanó y, en menor medida, Benaguasil, Olocau, Riba-roja y Vilamarxant). De manera más ligera se habría visto azotado por esta lacra, en su opinión, el Camp de Morvedre (Algar de Palancia, Alfara de Algimia). Por último, en el norte del reino, cuyas tierras altas estaban poco pobladas por nuevos convertidos, García Martínez sólo califica de relevante la zona del Alto Palancia (Segorbe, Navajas, Castellnovo) y, muy por detrás de ésta, el Alto Mijares (Ayódar) 5 . El panorama del bandolerismo morisco que se obtiene de la descripción general de García Martínez suscita diversas dudas. Podemos empezar por el final: la geografía del fenómeno sugerida. La enumeración de lugares conexos con el bandidaje -dice el autor-, resulta del orden de importancia determinado por el número de veces que cada localidad -y, por extensión, cada comarca-aparece en las fuentes y bibliografía manejadas 6 . No obstante, comoquiera que García Martínez no hace explícita ninguna escala cuantitativa de referencias, sino sólo consideraciones cualitativas en función de la mayor o menor actividad delictiva documentada en cada sitio, hemos de colegir que los núcleos fundamentales del bandolerismo morisco fueron, a su modo de ver, siete: cuatro principales (la Marina Alta, el Comtat, la Canal de Navarrés y el Valle de Cofrentes) y tres secundarios (la Safor, la Hoya de Buñol y el Camp de Túria), siendo las dos primeras comarcas meridionales los territorios que más duramente sufrieron los efectos de aquel mal. En principio, esta relación de enclaves no plantea mayores problemas, por cuanto, amén de estar densamente habitados por cristianos nuevos, reunían los rasgos ideales, tanto en términos geomorfológicos como geopolíticos, para transformarse en escenarios preferentes de las tropelías de los bandidos. Sin embargo, pueden señalarse algunas objeciones. En primer lugar, de la lectura de las pragmáticas y crides estudiadas por García Martínez y, en concreto, de las publicadas por el conde de Aytona en 23 de junio de 1586 y el marqués de Caracena en 1 de diciembre de 5. Ibídem: pp. 27-31. 6. Ibídem: p. 27.
doi:10.14198/rhm2009.27.03 fatcat:wgai4txcaja55cejb7gpel5l7e