El día de todos los dias

Manuel Rodríguez Zapata
1970 Revista de investigación y educación en ciencias de la salud  
El día de todos los días empezaba en la esquina de Martín de los Heros con Marqués de Urquijo. Los ojos semicerrados, el lacrimeo producido por el frio, una corta espera, apenas un hola y después un corto camino. Nos esperaban más niños en la puerta del colegio, allí nos separábamos. Horas después, ya de vuelta, nos encontrábamos más excitados, con más ganas de hablar, de jugar. A veces nos demorábamos más de la cuenta, jugábamos a la pelota, a las chapas, a las canicas, al "Taco". Nos
more » ... Taco". Nos jugábamos nuestras riquezas, nuestros tesoros: los cromos, las canicas y como siempre el orgullo. En medio, las clases, los deberes, los exámenes, los recreos, las risas, los miedos, las ayudas, las rivalidades, las peleas. No se llamaba bulling, pero todos teníamos filias y fobias y un nombre falso y desagradable que se conocía como mote. Yo "el gordo", tu "el alitas. El mío por motivos obvios, el tuyo por una mínima protrusión de los omóplatos. Los meses y los años se consumían lentos, subiendo las pequeñas colinas del aprendizaje. De la vida de casa nos decíamos poco, sabíamos que teníamos padre, madre y hermana y las pocas cosas que contábamos los niños de ese tiempo. A veces, compartíamos algún cigarrillo y alguno hablaba un poco más y, a través de sus fantasías, proyectábamos conceptos muy ingenuos de la vida, del futuro, de las chicas, del futbol y de los juegos. Una mañana fría de diciembre me respondiste que estabas triste porque esa noche se había muerto tu padre. Caminamos en silencio sin derramar una lágrima y nos separamos como siempre. Perdiste curso, era previsible a pesar de las ayudas, pero seguimos encontrándonos a la misma hora en la misma esquina, aunque ya no jugábamos cuando volvíamos o incluso ya no volvíamos juntos. Nos estábamos haciendo mayores y estábamos cambiando. Nuevos amigos, nuevas ideas, nuevos sueños, nuevas pasiones, pero todo muy rápido. Los primeros amores. Los míos románticos, los tuyos amores fou, como tienen que ser los primeros y los últimos amores. El examen de PREU fue una debacle de la que únicamente quedamos vivos otro amigo, Ángel, y yo. Pero al cabo de pocos meses, la Universidad. Madrid. Universidad Complutense. Curso 1967-68. Todo lo que se pueda decir es poco. Un descubrimiento continuo, un mundo nuevo de ideas, de líderes, de opciones, de compromiso (en singular) de riesgo sin miedo, de horizontes distintos a tu alcance con solo alargar la mano, con cuidado de que no te la corten. De asambleas, de recitales de carreras, de "botijos", de caballos, de ingenuos y de héroes (algunos de papel y algunos traidores). Hechiceros y dioses falsos que deslumbraban y daban prestigio. Profetas y dioses alternativos menos populares, pero con una fuerza enorme. Alguno todavía vive en el Mato Grosso. Tiempos de elección sin vuelta atrás, de forja, de troquel, de compromiso que iba más allá del compromiso. Tiempos difíciles, tiempo de mirar de frente al futuro. Pero, en definitiva, tiempo de estar juntos en un camino y en una aventura apasionante. Ya, sí hablábamos, lo compartíamos todo, vivíamos una amistad peligrosa, sin límites y en el horizonte lejano, aparecía algo muy parecido a una comuna ideal y real. Como diría Serrat teníamos tan solo 20 años (o más).
doi:10.37536/riecs.2018.3.1.68 fatcat:jxgisflgufgezgy2tuw2p7cdia