Locura de Dios

José Por, Mejía, Mejía
unpublished
Dios en la ilímite grandeza de su corazón dadivoso, nos conce­ dió hace treinta años el singular privilegio de servirle resueltamente en la siembra y cultivo de la buena semilla-del buen grano-, de aquel grano de mostaza con que Cristo equiparó el Reino de los Cielos, y que siendo el más pequeño de los granos, cuando ha crecido en tierra lim­ pia y fecunda llega a ser tan grande como un árbol que ofrece a todos la sombra protectora de sus follajes. Y también Dios, en su infinita bondad, nos ha
more » ... ita bondad, nos ha regalado la im­ ponderable gracia de. ser hoy testigos fieles de l esplendor maravilloso de aquella fundación docente que inicialmente bautizamos Universidad Católica Bolivariana y que, como el cristianismo, vino materialmente al mundo en harapos, en andrajos, tan vestida de desnudeces físicas como de recias e inequívocas afirmaciones doctrinarias. Porque no obs­ tante la arrogante providencia canónica o diocesana que ordenó su a­ parición, la Universidad Católica Bolivariana tuvo que realizar sus pri­ meros ejercicios en aulas tan improvisadas como burdas, en albergues menesterosos y precarios, tal vez porque el otro decreto o mandato de su constitución-el Decreto divino-, invisible en apariencia, quiso esta­ blecer determinadas circunstancias semejantes con la llegada a la tierra, sobre el grosero pienso de las bestias, del Camino, la Verdad y la Vida. Carecimos, en verd_ ad, del más sencillo mobiliario y de los en­ seres más elementales, pero en cambio, qué fornidos bagajes de fe, de mística y de convicciones, qué equipo más colmado de corazones ar­ dientes, inteligencias resueltas y voluntades decididas, todos nosotros con el pulso firme, sin una duda ni una trepidación, con el raro e ilumina­ do presentimiento de que algo estábamos creando porque mucho está­ bamos creyendo! ¿No nos dice el alto idioma evangélico-tan poco es­ crutado, tan escasamente conocido y practicado-, que no hay mayor fuerza que la fe, capaz de trasladar cimas y remover montañas? Las generaciones fundadoras de la Universidad Pontificia Bo­ livariana-la rectoral, la profesora! y la discipular-, no queríamos un claustro más de enseñanzas rutinarias y petrificadas, ni menos nos seducía levantar otra redundante fábrica de diplomas doctorales o pro­ letariados profesionales. Nuestra inaugural proposición fue tan espiri-7
fatcat:xsosxonmnjfg5mt7ojzmgjvofa