Acerca de la Naturaleza de la Obra de Arte

Freddy Sosa
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Salvo el arte, la mística, la ética, y la limitada serie de sus sinónimos, el mundo, incluida la metafísica, es conceptual. La metafísica es esa pasión por abordar desde el discurso conceptual lo que en definitiva es inabordable mediante conceptos, es conceptual, de modo que, contra lo que pensaba Nietzsche, el arte no puede ser una actividad metafísica porque la metafísica es conceptual y el arte no. La obra de arte no es conmensurable con el pensamiento conceptual, y esto nos conduce y nos
more » ... iga al silencio. No a un silencio absoluto, desde luego. Nos obliga a un silencio conceptual. El esfuerzo por romper ese silencio no es una pasión inútil sino, todo lo contrario, una pasión muy fructífera; no porque empuje el límite entre lo decible y lo inefable cada vez más allá sino porque nos permite descubrir que, entre lo que se puede decir y lo que no, hay un espacio del lado de lo expresable que permanece oscuro pudiendo estar un poco más iluminado, incluso si no movemos con ello para nada el límite de lo indecible. Esto último justifica los esfuerzos por hablar de arte sin arte, esto es, por usar el lenguaje para acercarse a la obra de arte sin pretender con ello hacer poesía. Admitida esta inconmensurabilidad, y sentado que nos movemos dentro de lo decible, el siguiente paso puede ser evitar el absurdo de señalar una inconmensurabilidad fuera del mundo. Si la inconmensurabilidad fuera ajena al mundo no podríamos tener noticias de una trascendencia tal y nos sería enteramente indiferente. ¿Por qué la obra de arte tiene sentido para nosotros siendo, como es, inconmensurable? El hecho incontestable de que existe un objeto en el mundo que nos separa del mundo y que nos proporciona un gozo no sensitivo indica que aquello a lo que va dirigido tal hecho, que de entrada podemos colocar en el objeto mismo o exterior a él, no nos puede ser indiferente y ha de haber, por tanto, una esfera que manteniendo la inconmensurabilidad enmarque obra y mundo. El nombre que le demos a esa esfera no es tan importante como la constatación de que, en pura lógica conceptual, esa esfera debe existir o no habría experiencia estética. Una vez puestos a darle un nombre, el mismo concepto de mundo nos resulta adecuado. Por una parte no es ajeno al problema que soluciona, y por otra no se opone a la afirmación de que aquella esfera común es la razón. Abre la posibilidad de que el límite no sea la razón sino el concepto y de que lo trascendente no sea lo ajeno a este mundo sino lo aconceptual. En suma, permite admitir la existencia de una racionalidad aconceptual. No hay nada, así, fuera del mundo. Todo lo que tiene sentido está dentro del mundo. Y si apareciera algo con sentido y nos pareciera que queda fuera del mundo sólo tendríamos que ensanchar los límites del concepto mundo, aun cuando con ello no convirtamos en decible lo inefable. Así visto, lo trascendente queda también dentro del mundo: es lo inefable. Lo trascendente es lo aconceptual. Podemos nombrar lógicamente lo inefable mediante el concepto mundo sin haber convertido ontológicamente lo inexpresable en lo nombrable. El concepto es el acto por el cual el pensamiento reúne en una unidad informática pertinente a una multiplicidad que, por otra parte, no tendría sentido para el
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