Claudio Arrau León: una conjunción de paradigmas por

Luis Merino
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Claudio Arrau debutó el 19 de septiembre de 1908 en su ciudad natal, ChilIán, a los cinco años de edad. Tres días más tarde un cronista anotaba en el diarioEI Comercio de esa ciudad, que el entonces niño "es una esperanza para el arte: vive por i para la música. Si conserva este amor, seguramente llegará a ser una notabilidad musical". Palabras proféticas. Ese niño llegó a una excelsitud sublime como artista, en el ethos y el pathos, en la inteligencia y el sentimiento, en la técnica y la
more » ... técnica y la creación. Se ubicó en la constelación de los grandes genios del teclado en el siglo xx, gracias a una técnica fenomenal que lo abarcaba todo, a una versatilidad genial, a una capacidad admirable de lectura, a una rapidez suprema de memoriza-ción, a su profesionalismo e integridad, a su continuo perfeccionamiento, a la escrupulosa fidelidad al texto original (Urtext) del compositor, ya su conoci-miento orgánico de otros campos del arte y la cultura. Considerándose a sí mismo un "sirviente de la música más que su explotador", apoyó la riqueza inconmensurable de su intuición creativa como intérprete en el rigor de la musicología y en la fecunda interacción de la obra de arte en la cultura y la sociedad. De esta manera sus interpretaciones magistrales constituyeron en la sala de conciertos, y constituyen a través de sus innumerables fonogramas, experiencias estéticas inolvidables. Igualmente inolvidable fue su aporte como ser humano, a todos quienes tuvieron el privilegio de conocer directamente el valor y grandeza de su personalidad. Su inteligencia admirable, su celo ejemplar, su resistencia a toda prueba, su capacidad asombrosa, su fenomenal aplicación y su perseverancia maravillosa, se conjugaron con una probidad y humildad a toda prueba, que jamás lo llevó a envanecerse ante los innumerables honores con que fuera colmado en su larga y fecunda vida. En su vida y en su carrera cumplió su madre un papel fundamental. Fue doña Lucrecia Ponce de León un verdadero arquetipo de la mujer chilena con su dechado de amor, temple, reciedumbre, sabiduría y visión. Al enviudar de Carlos Arrau Ojeda (1856-1904), un conocido oculista en Chillán, cuando el artista frisaba su primer año de vida, apoyó el sustento de la familia con la enseñanza del piano, pero sin perder de vista el promisorio futuro a que podrían conducir las extraordinarias y precoces dotes de su hijo Claudio. En Santiago, la madre escogió para su hijo a Bindo Paoli, uno de los mejores profesores de piano en el país durante esa época, profesor de otro gran valor chileno del teclado, la pianista Amelia Cocq. Al mismo tiempo, doña Lucrecia realizó gestiones para obtener el apoyo financiero del gobierno chileno en la educación musical de su hijo Claudio. U"lIÚ/(/ ,\111.\;("(1/ Cltilt-lIa. ArlO XLV. ener()~jllnio. I~YI, N" 17:;, pp. ;")-7 [)
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