Alberto Savinio La giganta

Alberto Savinio, Guillermo Fernández
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Luego de volver sus calmos ojos hacia ti, lentos y bovinos, y habiéndote mirado una vez con su mirada impasible y vaga, la dirige a otra parte, a otros aspectos, y no esperes ya, pobre hombre, que la giganta vuelva a mirarte. La giganta nunca mira directamente a la cara (quizá ni siquiera ve), como los norteamericanos, que miran de soslayo cuando quieren ofender, rozando apenas con su mirada un cuartel, un palacio de gobierno, una iglesia. Pero ¿qué le importa a ella ofender? ¿Quién puede tener
more » ... ¿Quién puede tener la ilusión de que ella lo ofenda? Millares de obreros han trabajado en la construcción de la giganta: albañiles, carpinteros, herreros y artesanos de todas las clases, como en las catedrales de los grandes siglos cristianos, en las que tres o cuatro generaciones de obreros guiados por Dios dejaban ahí sus vidas, los últimos en las altas agujas, a la vista del cielo, entre las voces de las campanas. Centenares de ingenieros dirigían los trabajos en mangas de camisa y con pantalones de fustán en el verano, protegiendo sus cabezas con yelmos; en invierno, con pellizas de carnero y grandes gorros de cosaco. Como suele ocurrir en todos los grandes monumentos, la construcción nunca tendrá fin. Y aunque su mole domine incontrastada el caserío y los campos, un andamiaje ora le cubre una rodilla, ora un seno; una jaula colgante le oculta una oreja o la punta de la nariz. A sus pies están los talleres bulliciosos, donde los cinceles, compitiendo con las cigarras en las tórridas jornadas del verano, estridulan sus aceros contra el mármol. Y el trabajo se suma a otros trabajos en torno de la impasible serenidad de la giganta, que calcula los siglos como años, las generaciones de los hombres como las de los insectos. Mira al cielo como nosotros miramos el techo de nuestra recámara; mira a la tierra como miramos el suelo cuando caminamos para estirar las piernas. En tal momento, el comandante supremo de las fuerzas de la tierra y del mar llévase a la boca el megáfono y grita hacia los cuatro puntos cardinales:-¡Es la ciudad! ¡Es la ciudad!
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