Death and survival

Joan Roura-Parella
1984 Enrahonar: Quaderns de Filosofia  
En realidad no emprendemos el viaje hacia «la otra ribera» en el momento de morir, sino que nuestra barca rompe las amarras en el instante mismo en que nacemos. Nuestra existencia toda no es más que un constante morir; la vida contiene en sí misma el germen de la muerte. Desde tiempos antiquísimos, este hecho ha sido expresado en mil formas diferentes. Especialmente por románticos y místicos. Oigamos a Heráclito, el romántico: «En el instante de nacer se disponen a vivir y por esta razón a
more » ... r esta razón a sufrir la muerte» (Diels, «Fragmente der Vorsokratiker», Berlín, 1922, vol. 1, p. 82. Hay traducción española de García Bacca de esta obra). Nadie ha expresado en forma más plástica que Simmel, este doble movimiento de la existencia humana: «Somos como hombres que caminan en un barco en sentido contrario a su ruta: mientras andan hacia el sur, el suelo en que lo hacen marcha con ellos hacia el norte» («Lagos», 19 10-1 1, vol. 1, p. 60). Lo cual quiere decir que este doble movimiento determina en cada momento nuestra situación en la curva de la existencia individual. Pero no sólo nos acercamos cada vez más hacia la muerte, sino que ni nacemos totalmente en el momento de venir al mundo, ni morirnos cuando cesa de latir nuestro corazón. Constantemente algo nace y muere en nosotros. En todas las capas del ser humano: el organismo se renueva constantemente, tendencias y emociones emergen y se extinguen en nuestra alma, y nuestro espíritu muere y renace en cada una de sus creaciones. La muerte es, pues, inmanente a la vida; es su correlato, la condición del cambio y la variación. No es la muerte el hermano que viene de lejos a nuestro encuentro, como decía el viejo Fausto, sino que está en nosotros. Ésta era una de las básicas experiencias de Rilke. En una carta escrita pocos años antes de su muerte y publicada, en 1937, en el Insel-Almanach se expresa así: «Al igual que la luna, la vida tiene una cara opuesta constante, que no es su contraria sino el complemento de su plenitud, de la esfera de su ser... No quiero decir que deba amarse la muerte, pero tenemos que amar la vida tan generosamente, tan sin cálculo ni preferencia, que continuamente tenemos que amar la otra mitad opuesta de la vida.. . Ella es nuestro mejor amigo.. . y esto no lo entiendo en aquel sentido romántico y sentimental de renunciamiento a la vida.. . ». Así, se comprende que el modo de ser personal determine también el acto de morir y que cada cual muera a su modo, si la muerte no sobreviene en forma catastrófica. «Sólo la muerte silenciosa» -canta Rilke en un soneto a Orf e o -«sabe lo que somos y lo que gana cuando nos presta». Estas palabras son claras: la otra vida será tanto más rica cuanto más llena sea la presente. Nuestro futuro, allende la muerte, depende de lo que hayamos sido en nuestro tránsito por este mundo. Pero si sospechamos que nuestra vida presente influye de algún modo en la otra, sabemos de cierto que el futuro desconocido tiene una gran influencia en nuestro vivir actual. La muerte modela la vida y nuestra existencia sería completamente distinta, si la muerte no nos acompañara siempre o si supiéramos, por lo menos, qué clase de rumbos son aquellos en que la muerte amarra su barca. Acaso ninguna otra fuerza perhla con tanto ímpetu el estilo de la personalidad como la muerte. Y también la de culturas enteras. Porque la idea que nos hacemos de la muerte determina nuestra concepción del alma y de Dios, así como nuestra concepción del origen de las cosas y nuestra concepción del Universo. En esta idea, que es fruto de un hondo sentir, hincan sus raíces las creencias religiosas. Cada fe, cada interpretación del otro mundo, cada representación de Dios, no son más que variaciones históricas del eterno enigma. Sólo un orgullo demoníaco puede hacernos pensar que nuestra imagen es la única verdadera y, por ende, desencadenar en nombre de Dios, pero contra sus preceptos, discriminaciones religiosas y guerras santas. Claro que en el fondo no existen ni guerras ni persecuciones religiosas; lo que existe es la voluntad de poder unida las más de las veces a la voracidad económica disfrazada de creencia religiosa. La imagen que nos hacemos de la muerte y del otro mundo influyen hasta en los más mínimos detalles en nuestra vida presente. Las investigaciones de Max Weber sobre este punto en su Sociología de la religión no dejan lugar a du-* Aquest text ha estat extret del darrer capítol del liibre, Tema y variaciones de la personalidad, UNAM, Mexic, 1950. La redacció agraeix al senyor Josep Cu-LleU i Ramis que ens l'hagi proporcionat. [Hem respectat I'ortografia de la publicació original.]
doi:10.5565/rev/enrahonar.850 fatcat:kloa3m36ibb7tlnw5rux4ztqbi