La posición del Estado ante los otros actores

Michel Crozier
1995 Gestión y Análisis de Políticas Públicas  
La obsolescencia de nuestras ideas nos impide comprender una realidad profundamente diferente El Estado nacional ya no tiene frente a sí los mismos actores dispersos, relativamente previsibles que podía dominar fácilmente. El Estado tiene frente a sí a actores más numerosos, más heterogéneos, más independientes, que son capaces de aliarse entre ellos y de funcionar sin respetar fronteras. Estos actores disponen de un gran poder de negociación. Logran penetrar en el Estado e influenciarlo más de
more » ... nfluenciarlo más de lo que ellos mismos son influenciados. Al mismo tiempo, el Estado nacional, que consideramos en Francia como necesariamente unitario, se ha diversificado extraordinariamente hasta el punto que hablar de un solo actor en este conglomerado de actividades diversas aparece cada vez más como una ficción, puede que cómoda, pero que de hecho falsea su significado. En definitiva, el juego entre actores de la vida económica y de la vida política se ha transformado radicalmente a causa de la evolución acelerada de las sociedades modernas postindustriales. Las relaciones de poder, los medios para lograr influencia, las comunicaciones y los problemas ya no son los mismos. A pesar de ello, seguimos discutiendo sobre el papel del Estado y su funcionamiento frente a los otros actores como si nos encontrásemos en la situación del Estado nacional de principios de siglo. Un Estado capaz de conservar fuertemente el monopolio del interés general en su territorio, capaz de definirlo como único y de imponer las reglas del juego y las condiciones de negociación a todos los actores bajo su jurisdicción, capaz también y sobre todo de representar, o más bien de hacer derivar de este hecho el interés general de todos los actores de la nación, frente a los otros actores nacionales -los otros Estados, y del pequeño número de actores supranacionales, relativamente impotentes, de la época. Los problemas que derivan del desarrollo político de Europa y de los múltiples órganos de cooperación internacionales, por una parte, y de la mundialización de los cambios y de la explosión de las comunicaciones, de otra, son totalmente insolubles si seguimos razonando a través de esta visión tradicional. Los conceptos clásicos del Estado son obsoletos. A pesar de todo, su influencia, aún considerable, nos impide encontrar soluciones aceptables para los problemas que no llegamos ni siquiera a aprehender, faltos de categorías mentales adaptadas a la nueva realidad. Mientras sigamos pensando que la unidad es en sí misma superior a la diversidad, que en la República una y indivisible, sólo el Estado unitario debe encarnar el interés general y que este interés general, definido por los órganos legales del Estado a partir del voto democrático que basta para legitimarlos, debe imponerse a todos los ciudadanos y sobre todas las actividades, tendremos una actitud ambivalente frente a toda superación de esos límites y en primer lugar frente a Europa. Permaneceremos divididos entre la esperanza de una mayor fuerza del concepto de humanidad y el miedo a perder nuestra identidad demasiado ligada a este Estado nacional, que constituye la clave de bóveda de todas nuestras identidades colectivas. Es imposible tratar razonablemente las simbiosis cooperativas y conflictuales que constituyen la trama de la vida de nuestras sociedades hipercomplejas. Obsesionados por la soberanía, imaginamos divisiones GAPPn. s 2. Enero-abril 1995 93
doi:10.24965/gapp.v0i2.26 fatcat:qmxjfjem5zanrlyj65indmksjq