Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real de Pintura en el Palacio Real de Madrid organizada por Mengs, y la Description des Tableaux du Palais de S.M.C, por Frédéric Quilliet (1808)

José Luis Sancho Gaspar
2001 Arbor: Ciencia, Pensamiento y Cultura  
La Description des tableaux du palais de S.M.C. redactada por Frédéric Quilliet al final del reinado de Carlos IV, es el más interesante de cuantos documentos y publicaciones reflejaron la inaudita riqueza pictórica del Palacio Real de Madrid, antes de que el rey José hiciera su equipaje incluyendo en él piezas capitales que nunca fueron recuperadas. El manuscrito, en francés, está fechado el 27 de junio de 1808, y presentado con exquisito cuidado, ya que está dedicado al propio monarca
more » ... pio monarca napoleónico, de cuyas manos pasó a la Real Biblioteca de Cámara en el propio Palacio, donde continúa ^. Tan interesante obra, hasta ahora inédita, no sólo merece ser publicada íntegramente, aún con mayor razón que los inventarios de 1793 y 1811 y que los no impresos de 1772 y 1815, pero bien conocidos por los especialistas, sino que exige un comentario tan extenso que aquí será preciso limitarlo a una introducción breve. Lo que se trata de esbozar no es la cuestión específica sobre el estado decorativo del Palacio Real en el reinado de Carlos IV, sino otra más general: el papel que cumplían los cuadros (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real.. entenderlo es preciso analizar, primero, la actuación de Mengs y los acontecimientos ocurridos desde su marcha, en 1772, hasta la llegada de Quilliet. Mengs y el Palacio como sede central de la Colección Regia La decisiva participación del pintor A.R. Mengs en la decoración del Palacio Real, no sólo se limitó a la realización de numerosas obras al fresco y al óleo ^, y a la dirección de los fresquistas, sino que, además, estuvo encargado de la ornamentación de las paredes con los cuadros antiguos. Aunque a primera vista la disposición suntuaria de los cuadros no podría ser considerada como una ordenación con ciertas intenciones museográficas, el análisis de las intenciones y el efectivo funcionamiento del resultado demuestra que, en amplia medida, actuó como tal, de modo que cabe entender el Palacio Real como la Galería Real avant la lettre, antes de que Fernando VII materializara el programa ilustrado, con el mismo retraso que en otros aspectos. El primer rasgo que diferencia una colección de un museo es el de su accesibilidad para el público; teniendo en cuenta que Carlos III no pasaba en el Palacio de Madrid más de ocho, o todo lo más, diez semanas al año, según afirma su biógrafo Fernán-Núñez y confirman las cuentas de la Casa ^, el resto del tiempo el Palacio era practicable para todas las personas «de calidad» que quisieran visitarlo, de acuerdo con el trámite que seguía vigente durante el reinado de Fernando VII, mantenedor en esto como en casi todo de las normas de su abuelo: «el conserje o aposentador mayor que vive en el mismo Palacio proporciona el ver todas estas curiosidades cuando Sus Majestades están ausentes» ^. Abundan las referencias de los viajeros dieciochescos a este régimen de visitas ^: algunos ofrecen curiosos detalles sobre sus limitaciones, como Mackenzie, mientras otros, con influencias más altas, como Beckford, podían permitirse el lujo de visitar las estancias regias, incluso, hallándose en Madrid el Soberano. Con tantas alusiones inglesas es inevitable encontrar similitudes entre el ánimo que debía guiarles a Palacio y el descrito por Jane Austen cuando un grupo de «gente bien» visita una gran country house en Pride and prejudice. En suma, el público pasaba por un cedazo fino, pero el criterio selectivo de admisión no dejaba de corresponder al férreo y efectivo clasismo imperante, ni de ofrecer las fisuras suficientes para que una persona muy interesada, pero de clase media, no encontrase imposible el acceso. Conviene recordar que los meses "óptimos" para tal visita eran los de verano, desde Semana Santa, 85 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://arbor.revistas.csic.es Cuando el Palacio era el Museo Real. La Colección Real... dominio del criterio decorativo sobre el didáctico. Para paliar esa carencia educativa, la Carta... de Mengs está concebida para que el visitante clasifique intelectualmente la conñisa sensación que había de producirle la mezcla de periodos y escuelas, pero resulta significativo que comience por la pintura española del XVII, la escuela más destacada y ordenadamente dispuesta en el Palacio, puesto que su presencia es determinante en la principal hilera de salas, a lo largo de la crujía meridional, en los cuartos del rey y del príncipe. Es evidente que para Mengs una cosa era una galería, y otra el adorno de un palacio con cuadros; tanto él como su círculo expresaron, en más de una ocasión, lo deseable que sería la creación en Madrid de un Museo Real público e independiente de las ñmciones residenciales y representativas; pero una cosa son los ideales ilustrados, y otra lo que Mengs pudo hacer. El modelo de ornato palaciego, al que respondían los gustos de Carlos III y de su entourage italiano, apuntaba en la misma línea que las exigencias propagandísticas del Soberano: la legitimación del poder reformista y absoluto mediante las bellas artes dignas de rodear al príncipe, pero alusivas, también, a las mecánicas, que florecen a los rayos de ese nuevo Apolo, protector de las Musas. El modelo decorativo del Palacio es italiano y no financés, salvó en un campo secundario y específico donde siempre «reina la moda», las telas, en las que el modelo galo fiíe seguido con tanta sumisión a la práctica versallesca, como deslealtad a los fabricantes lioneses que, velis nolis, proporcionaron los modelos ^^. Versalles, donde pocos cuadros adornaban los salones de aparato, ni había sido pisado por Mengs, ni aparecía en la imaginación de Carlos III. El gran ducado de Toscana era lo que le había fascinado, y en Florencia está el obvio modelo decorativo del Palacio Real madrileño: el Pitti, donde los salones de representación, ya consolidados desde el primer tercio del siglo como «quadreria» ^^, constituyen la perfección de la fórmula decorativa prototípica del barroco italiano, con los cuadros cubriendo, absolutamente, toda la pared bajo las bóvedas ricamente adornadas con estuco y al fresco. Que tal esquema resultase obsoleto en los ambientes cosmopolitas bajo la influencia anglofrancesa, no importaba, y ni siquiera penetraba en el sistema de valores carolino, cuya adhesión a las formas decorativas del barochetto napolitano, es todo un emblema de las limitaciones del programa ilustrado posible en España bajo tal Soberano ^^. El mensaje de la Monarquía como protectora de las Artes aparece con insistencia machacona, no sólo en las bóvedas de este Palacio, sino en las de El Pardo que, cansado de recibirlo el espectador, podría reaccionar planteándose si, en esos otros palacios donde Carlos III pasaba la mayor 87
doi:10.3989/arbor.2001.i665.875 fatcat:4yyfcc37sfcdbgahfuilidl6aq