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Una Falsa Concepción Sobre La Educación

Julio Mosquera
2008 unpublished
Con frecuencia, a la educación se le atribuye potencialidades que, por sí misma, no posee; se le presenta como determinante para el desarrollo social y como desprovista de toda contradicción interna. No obstante, dicho planteo resulta falso, engañoso, iluso y, se quiera o no, profundamente reaccionario. Se ignora así que la misma como elemento de la superestructura, es decir, como secundario respecto a la base económica, debe a ésta (con la que ciertamente establece una compleja relación
more » ... eja relación dialéctica y no un mero vínculo entre lo determinante y lo determinado) su surgimiento y desarrollo: sin recursos materiales, existentes en mayor o menor grado, no hay educación posible. Se soslaya el carácter clasista que este componente superestructural posee y que su promoción en función o no del bienestar de la sociedad en general, no se realiza partiendo de la supuesta posibilidad de persuadir a los gobernantes de las bondades que la educación posee para alcanzarlo, sino en función de los intereses económicos, políticos y sociales de la clase que detenta el poder del estado. Ni al esclavista, ni al feudal, ni al empresario capitalista interesa la educación para otra cosa que para afianzar su poder respectivo sobre el resto de la sociedad. Por ello, por geniales que sean las ideas o proyectos educativos que se presenten ante un poder estatal basado en la opresión, éste jamás los asumirá como necesarios a menos que respondan a su afán permanente de reproducir las relaciones sociales de producción existentes. Es ilustrativo al respecto lo que, a mediados del siglo XVIII, Grigori Potemkin, ministro de Catalina La Grande, le previno a ésta en relación con la idea de alfabetizar a toda Rusia: Señora... recuerde usted que educar al rico es inútil y educar al pobre, peligrosísimo (1). Aníbal Ponce advertía que confiar en la educación como factor de desarrollo, entendible en una época en que no había aún ciencias sociales, resulta totalmente inadmisible después que la burguesía del siglo XIX descubrió la existencia de la lucha de clases (2). Creer lo contrario es caer en el plano de los socialistas utópicos que esperaban persuadir a la burguesía sobre las ventajas del socialismo respecto al capitalismo, para lograr que la misma estuviera dispuesta a desechar este último en provecho del primero. Al respecto, Marx y Engels señalan: Aspiran [los socialistas utópicos] a mejorar las condiciones de vida de todos los individuos de la sociedad [...]. De aquí que no cesen de apelar a la sociedad entera sin distinción, cuando no se dirigen con preferencia a la propia clase gobernante. Abrigan la seguridad de que basta conocer su sistema para acatarlo como el plan más perfecto para la mejor de las sociedades posibles (3). Con la educación hoy pasa exactamente igual: para promoverla en provecho general se sigue apelando, ingenua u oportunistamente, a la sociedad entera sin distinción... El planteo al que hacemos alusión lleva inevitablemente a concluir que el desarrollo del primer mundo descansa en su alto nivel educativo y que, por el contrario, el subdesarrollo-que caracteriza al tercer mundo-tiene como causa primordial un bajo nivel educativo. Sin embargo, la realidad del mundo es por completo otra: en la relación entre desarrollo y subdesarrollo, el primero inequívocamente resulta de la sujeción, explotación y saqueo del tercer mundo; el segundo, se constituye en la condición sine qua non del progreso del primer mundo. Al respecto, Leonardo Boff, en una universidad de Munich, acotó: Señoras y señores, el bienestar que ustedes tienen aquí en Alemania [bien pudo haber dicho en Europa o en Estados Unidos] no se debe principalmente a la aplicación del ingenio alemán. Se debe principalmente a la sangre, al sudor y a las lágrimas de nuestros hermanos que yacen allí en América Latina (4).
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